Edgard Sánchez Ramírez
El resultado electoral de la segunda vuelta en Brasil es muy importante por la derrota de la candidatura de ultraderecha de Bolsonaro. Es un tropezón a la ofensiva neocolonial e intervencionista de Trump y su «Escudo de las Américas».
La nueva presidencia de Lula será difícil pues no tendrá el apoyo de las Cámaras legislativas, hegemonizadas por la derecha como consecuencia del resultado de la primera vuelta.

Si la elección de Lula logró revertir el resultado de esa primera vuelta sin duda fue gracias a que la movilización en las calles estas dos semanas, rompieron la lógica electoral. La reorganización de la movilización de masas de urgencia ante la amenaza del triunfo de Bolsonaro es la lección principal.
Si el PT es minoría en las Cámaras y en las gubernaturas (y Lula derrotado en la primera vuelta) es reflejo del desgaste y desilusión con el progresismo. Ante la amenaza de Bolsonaro el movimiento de masas reaccionó y acudieron a las urnas (incluso muchos que no votaron en la primera vuelta) manteniendo a Lula en la presidencia.
Si Bolsonaro acepta su derrota (a diferencia de lo que antes hizo su padre y el propio Trump frente a su derrota con Biden) el gobierno de Lula se enfrenta a la necesidad de radicalizar su política para erradicar de fondo a la ultraderecha.
La lección no es la de profundizar el colaboracionismo de clase, sino la necesidad de una política alternativa anticapitalista.
Los que en México están a favor del colaboracionismo y «combatir a la derecha desde dentro de Morena» pensarán que la amplia unidad popular para derrotar a Bolsonaro les da la razón para subordinarse al progresismo y acompañarlo en su declinación en vez de construir un polo social y político alternativo tanto a la derecha como al progresismo, pero también frente a las presiones imperialistas.

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