Por: Emmanuel Novelo
“Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe”
Refrán popular
Después de “Lorena”, la tierra reverdece, pero algunos sitios se encharcan y se enlodan. Así, el piso del Pabellón Cultural era un espejo turbio; el estacionamiento, un lodazal. No había plumas ni lentejuelas, no había orquesta: solo el eco cansado de las goteras. Llegaron algunos “voluntarios”, personal del Ayuntamiento y un puñado de artistas con cubetas, palas y escobas prestadas de aquí y de allá; yo le pedí una pala al del café de la esquina. Abrieron las puertas del recinto y armamos equipos. Las palas comenzaron a sonar mientras raspábamos el piso para quitar la tierra acumulada por las lluvias; fue una sinfonía hipnótica que me recordó los campos de arroz. El aire cargado de humedad y polvo empezó a ceder; el espacio parecía querer olvidar que el agua había estado adentro. La escena ya la conocemos. Desde Odile se repite como un ritual de temporada: limpiar, secar, agradecer… y esperar la siguiente tormenta.
Podríamos quedarnos con la postal: “comunidad solidaria, risas para no llorar, foto grupal, clic y listo”. Pero no, porque duele; y lo que duele no es la espalda ni la ampolla, es la sensación de abandono. Un espacio cultural no puede convertirse en alberca cada vez que llueve. No es normal ni debemos permitir que se vuelva normal.
Imagina tu casa con una gotera vieja. Un día pones una cubeta; a la siguiente lluvia, pones dos, y un día llueve más adentro que afuera. Sabes perfectamente que te lo podrías haber ahorrado si hubieras actuado desde la primera advertencia: revisar bien, arreglar lo roto, sellar lo abierto y dejar un plan para que no regrese. Con el Pabellón es lo mismo, solo que a lo grande y con dinero público. Sin fanfarrias: primero una revisión a conciencia que diga la verdad; luego un plan con etapas y fechas; después la reparación bien hecha, con alguien vigilando; y, al final, un calendario simple de cuidados. No es complicado. Lo que ha faltado a lo largo de las administraciones es voluntad. Por eso insistimos. Y, claro, ya no confiamos; perdón, pero todavía no podemos confiar.
La comunidad siempre está. Llegamos en cuestión de horas, sin preguntar de quién era la responsabilidad. Hasta ahí, todo bien. La línea que no hay que cruzar es otra: la de normalizar que la comunidad haga de intendencia cada temporada. El Ayuntamiento tiene llaves, presupuesto y firma. Y tiene una obligación: cuidar los espacios públicos para que sean seguros y dignos. Cuidar no es salir en la foto cuando ya se limpió el charco. Cuidar es adelantarse.
¿Qué tiene que pasar para que se arregle el único teatro público del municipio? Algo sencillo: que el Cabildo ponga la ruta y le ponga fecha. Primero, la revisión completa y pública. Luego, el plan con costos y de dónde saldrá el dinero. Después, la reparación con día de arranque y día de entrega. Al final, el calendario de cuidados para que cualquiera pueda verlo. Todo publicado, sin pretextos. Si los vecinos se organizan en horas para sacar agua, el gobierno puede organizarse en semanas para que no vuelva a entrar. Una cosa no sustituye a la otra.
Del lado ciudadano hay tareas claras y tranquilas. Pedir por escrito que informen y que respondan con fecha. Preguntar cuánto se ha pagado y qué trabajos hay detrás de cada pago. No es pleito; es orden.
El Pabellón no es cualquier edificio. Ahí muchos descubren que son seres humanos y no solo seres; ahí una niña pisa por primera vez una duela iluminada; ahí una orquesta nos recuerda que todavía podemos emocionarnos juntos. Las cubetas no indignan solo por el agua: indignan por lo que representan. Cuando dejamos el Pabellón a la suerte, dejamos a la suerte nuestra vida cultural. Y la vida cultural no es un lujo: es la forma en que una comunidad se reconoce a sí misma.
Después de “Lorena” hemos vuelto a secar, a reírnos de los zapatos enlodados, a abrazarnos entre el olor a tierra húmeda y la rabia contenida. Ojalá la próxima tormenta nos encuentre sin grietas en el techo y con un gobierno que nos haya tapado la boca con acciones.
La comunidad hace su parte con escobas y cubetas; ahora que la autoridad haga la suya con peritajes, contratos y garantías. El Pabellón no necesita héroes con palas y carretillas: necesita ingeniería, presupuesto y voluntad.
Es cuanto.


